¿Para qué sirven los Bonos de Carbono?: lo que puede aprender tu marca del Eras Tour de Taylor Swift.

El Eras Tour, de la famosa cantante Taylor Swift, ya está considerado como la gira mundial más taquillera de la historia. Su calendario es, según el número de presentaciones y las distancias que habrá que recorrer para cumplirlo, de dimensiones inéditas.  

La gira ha iniciado un recorrido por el mundo con alrededor de 150 conciertos, a lo largo de más de un año, pasando por algunos de los principales destinos y ciudades de todos los continentes. Ya en diciembre de 2023 había conseguido ser la primera gira de conciertos en recaudar más de 1 billón de dólares, según estimaciones de Pollstar

No sorprende que esta gira esté en el centro de la atención, con alusiones positivas, como los múltiples elogios recibidos por por el concepto, la producción y las habilidades artísticas y performativas de la artista, así como con temas más controvertidos, como la poco peleada posición de primer lugar en un ranking de Yard sobre las celebridades que provocan más emisiones de carbono en esa industria.

Más allá de los detalles y motivaciones del ranking, hay que decir que resulta obvio que el impacto ambiental de una gira de tales proporciones será, también, elevado, igual que sucede con toda actividad productiva intensiva. 

De hecho, está claro que el calentamiento global comenzó al tiempo que la revolución industrial, apalancada con las tecnologías de combustión fósil, produjo la etapa de mayor productividad, bonanza y riqueza económica en la historia de toda la humanidad. 

Para producir valor, se requiere energía. La cuestión entones es si en cada actividad o sector de la economía que se encuentre en auge, resulta viable optar por un tipo de energía más sostenible, o no. En ello radica también la posibilidad de que cierta actividad se torne en popular o impopular.

En este caso, debido al revuelo que han causado los señalamientos sobre la huella ambiental de su gira, la artista en comento tomó la decisión de comprar el doble de bonos de carbono que se necesitarían para compensar los efectos del Eras Tour.

¿Qué son los Bonos de  Carbono?

Los bonos de carbono, también conocidos como créditos de carbono, son un instrumento de mercado. Se trata de títulos que documentan un permiso para emitir una determinada cantidad de dióxido de carbono (CO2) u otros gases equivalentes, como el metano o el oxido nitroso, considerados también gases de efecto invernadero (GEI), . 

Por cada bono se puede liberar a la atmósfera una tonelada métrica de GEI. Una empresa puede recibir bonos si reduce sus emisiones por debajo de un determinado umbral, pero también puede comprarlos a otra entidad que los haya recibido por reducir sus emisiones; así que es posible comerciar bonos de carbono, y existen multitud de acuerdos de compra-venta entre empresas.

Los bonos de carbono se generan a través de proyectos que ponen en marcha prácticas o implementan tecnologías que reducen las emisiones de GEI. Estos proyectos pueden incluir iniciativas de energías renovables, eficiencia energética, reforestación, captura y almacenamiento de carbono, por mencionar algunos. Una vez que se verifica y certifica la reducción de emisiones con determinada iniciativa, se emiten los bonos de carbono, que pueden ser comprados y vendidos en mercados especializados.

Uno de los principales objetivos de los bonos de carbono es incentivar a las empresas a descarbonizar sus actividades, así como promover la inversión en actividades de reforestación, conservación de la energía y energías renovables. 

El concepto detrás de los bonos de carbono descansa en el principio de que cada tonelada de emisiones de GEI liberada a la atmósfera contribuye al calentamiento global y al impacto creciente de sus efectos negativos en el medio ambiente. 

Así, mediante programas, iniciativas y acuerdos internacionales se asigna un valor económico a la reducción de estas emisiones.

¿Incentivos económicos a la descarbonización o herramientas de remediación para quienes pueden comprarlos?

Los bonos de carbono, considerados por algunos como herramienta clave en la lucha contra el cambio climático y criticados por muchos por lo que se apunta mas adelante, tienen su origen en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 1992. 

En dicha convención se reconoció la importancia de estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para garantizar la sostenibilidad ambiental y económica a nivel mundial. 

En 1997, dicha convención motivó la adopción del Protocolo de Kioto, cuyos países firmantes reconocieron que durante los últimos 150 años habían sido los principales responsables de los elevados niveles de emisiones de gases de efecto invernadero debido a la quema de combustibles fósiles. 

El Protocolo de Kioto establece una serie de compromisos vinculantes para reducir estas emisiones, al tiempo que instituye el Comercio de Emisiones, el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) y la Implementación Conjunta.

El Comercio de Emisiones permite a los países comprar y vender derechos de emisión de GEI, mientras que el MDL permite a los países desarrollados invertir en proyectos de reducción de emisiones en países en desarrollo a cambio de bonos de carbono, presentados en 1993 por la economista argentina Graciela Chichilnisky. Por otro lado, la Implementación Conjunta facilita la cooperación entre países desarrollados para alcanzar sus objetivos de reducción de emisiones.

Existen diferentes tipos de bonos de carbono, como los Certificados de Reducción de Emisiones (CER) generados por proyectos MDL, los Créditos de Carbono Verificados (CCV) emitidos por programas de verificación independiente, y otros mecanismos como los Bonos de Compensación Voluntaria (BCV) adquiridos por empresas y personas para compensar sus emisiones.

Si bien es cierto que el sistema de bonos de carbono ha permitido impulsar la sostenibilidad a escala mundial mediante el fomento de la inversión directa e indirecta en estrategias innovadoras de reducción de emisiones, también lo es que ha abierto la puerta a marcas que con una mayor capacidad económica pueden adaptarse al mercado de compra-venta postergando la transición de sus actividades productivas a modelos más respetuosos del medio ambiente.

Ademas de lo anterior, aún persisten retos para evitar el riesgo de «doble contabilidad» o sobreestimación de las reducciones, así como la falta de mecanismos de transparencia en algunos mercados de carbono.

En todo caso, los bonos de carbono deben ser considerados como una medida complementaria y no exclusiva, si se trata de producir reducciones significativas de GEI a escala global. Según datos del Global Carbon Project, las emisiones globales de CO2 alcanzaron un récord en 2021 a pesar de los esfuerzos de reducción de GEI, lo que sugiere la necesidad de medidas más ambiciosas, contundentes y efectivas.

Así, el futuro de los bonos de carbono en la agenda para descarbonizar la economía global dependerá de la capacidad internacional para abordar las limitaciones de estos instrumentos, así como para garantizar la integridad ambiental de los proyectos, y de hacerlos parte de un enfoque integral que incluya políticas climáticas sólidas, innovación tecnológica y compromisos ambiciosos de reducción de emisiones.

Hacia una acción comprometida contra el cambio climático que sea integral y de largo plazo.

2023 concluyó con el nada célebre titulo de ser el año más caluroso de la historia y las proyecciones para 2024 son poco alentadoras: se estima que en este año, por primera vez desde que se tiene registro, nuestro planeta habrá de cruzar momentáneamente la barrera de 1,5 grados por encima de los niveles de temperatura preindustriales. 

El cambio climático exige de empresas e industrias un compromiso sólido y a largo plazo con la reducción de su huella de carbono. Esto implica establecer metas ambiciosas de reducción de emisiones a lo largo del tiempo y trabajar en colaboración con socios y proveedores para impulsar prácticas sostenibles en toda la cadena de suministro.

Las medidas de compensación -entre ellas, la compra de bonos de carbono- pueden ser consideradas por los consumidores como poco efectivas y carecer de la aprobación social necesaria cuando se recurre a ellas como acciones de remediación, en sustitución de acciones integrales de mitigación.

Los bonos de carbono deben formar parte de una estrategia de sostenibilidad más amplia, con objetivos claros de reducción de emisiones, uso de energías renovables, eficiencia energética y prácticas empresariales responsables.

En lo que respecta al sector transporte, particularmente el terrestre, la solución más viable está en adoptar tecnologías de movilidad sostenibles, basadas en energías limpias y que sean compatibles con el abandono programado de los fósiles.

Ya está demostrado que, además de contribuir significativamente a la reducción de GEI, la movilidad eléctrica tiene un buen retorno de inversión, no solo en lo económico, sino en la percepción favorable de la comunidad, que premia a quienes, a pesar de los retos técnicos, económicos y logísticos, conducen su marca a un futuro donde el transporte es más respetuoso del medio ambiente. 

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